Los Ángeles, 11 de junio de 2025. En medio de un clima de creciente incertidumbre por las políticas migratorias impulsadas durante el mandato del expresidente Donald Trump, la ciudad de Los Ángeles se convirtió en escenario de una poderosa manifestación de fe, esperanza y resistencia espiritual.
En una misa celebrada como acto de “unidad y paz” en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, el arzobispo José H. Gómez, líder de la arquidiócesis más grande y diversa de Estados Unidos, ofreció un mensaje profundamente humano, conmovido por el dolor de miles de familias migrantes afectadas por las medidas de deportación y exclusión.
“Dios nos ama, no importa de qué país seamos”, proclamó desde el altar, con voz firme y compasiva.
La homilía tuvo lugar apenas una semana después de que se intensificaran las protestas en el estado de California, especialmente en Los Ángeles, en rechazo a los operativos de deportación que han sembrado miedo e inestabilidad en comunidades enteras. En este contexto, la misa del arzobispo Gómez no fue solo una celebración litúrgica, sino un verdadero acto de resistencia espiritual y defensa de la dignidad humana.
“Tensión, incertidumbre y violencia… Nuestros vecinos están siendo lastimados: hombres y mujeres trabajadores, personas de fe, que solo buscan vivir en paz y servir a sus familias”, denunció Gómez ante una multitud conmovida.
El arzobispo recordó que la palabra “católico” significa universal, y que esta universalidad implica una fe sin fronteras ni exclusiones. “La Iglesia es internacional, global. Nuestra fe no reconoce pasaportes ni estatus migratorio. Nadie queda atrás. Todos pertenecemos”, afirmó con énfasis, cuestionando implícitamente las narrativas de división y criminalización del inmigrante.
Más allá del discurso religioso, su mensaje tocó una fibra profundamente humana. “Dios tiene un plan para su creación, un sueño de amor para toda la humanidad”, expresó, resaltando que el rostro de Cristo puede encontrarse en cada migrante, en cada madre separada de su hijo, en cada padre que busca refugio para los suyos.
Pero sus palabras no se quedaron en la compasión; también fueron un llamado al compromiso. Gómez invitó a la comunidad católica, a las organizaciones religiosas y a la sociedad civil a rechazar la indiferencia y a actuar con valentía en defensa de quienes son vulnerables: “Todos somos hijos de Dios, somos hermanas y hermanos”, recordó.
Frente a los discursos de odio y exclusión, la voz del arzobispo Gómez se alzó como un faro de esperanza, reafirmando que la fe cristiana no puede estar desconectada de la justicia. Su homilía fue, en definitiva, una invitación a construir puentes en lugar de muros, a ver en el migrante no una amenaza, sino un reflejo del amor de Dios.





